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martes, 11 de febrero de 2020
TOMAR PARTIDO
Demasiado a menudo se confunde espiritualidad con religiones, cultos concretos que separan al ser humano.
La espiritualidad para mi es una reflexión filosofica que nos hace tomar partido: percibo al/la que llega como herman@ o como amenaza.
En ese sentido, para mi acogida y espiritualidad van juntos: mi herman@ aunque no le conozca, llega huyendo de lo que sea, necesitando cosas basicas, etc. y yo le acojo, le abro mi casa, le digo bienvenida/o.
Entonces el encuentro y el enriquecimiento mutuo se producen.
La historia del/la inmigrante es la historia de la humanidad.
Los seres humanos nos hemos movido buscando un entorno y condiciones mejores para nosotros y nuestros seres queridos siempre.
Lo que nos hace distintos no nos da miedo, al contrario, nos enriquece.
Somos diferentes en cultura, religión, colores de nuestra piel, visiones del mundo, etc. pero iguales en sentires y derechos.
Intercambiando, compartiendo, saberes, talentos y capacidades entre personas de distintas procedencias y experiencias e igual "fondo" humano, vital,
se produce la creatividad, lo nuevo y la posibilidad del encuentro y de crear un mundo mejor.
La hospitalidad, el respeto a la diversidad y crear CON el otro/la otra un mundo mejor es simplemente entender la naturaleza humana, entendernos a nosotros mismos y entre tod@s y enriquecernos mutuamente.
Y es también una elección, es tomar partido por la vida imparable que navega, vuela, se cuela en los bajos de un camión y nos empuja siempre.
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jueves, 11 de mayo de 2017
EL MUNDO MIRA PARA OTRO LADO
El mundo mira para otro lado
y tú que no tienes nada
con la tecnologia y el idioma
que el mismo mundo te dio
filmas el egoismo
la destrucción
la desesperanza
de los desplazados.
El mundo mira para otro lado
y sólo sabe que existes
si lo dice la tele
con la misma tecnologia
y las mismas lenguas
que enriquecen al rico y poderoso
y matan al pobre
victima de todas
las catastrofes.
El mundo mira para otro lado
mientras las excavadores
se llevan las cocinas
que te daban de comer.
El mundo mira para otro lado.
Nosotros te miramos a ti
y te abrazamos
y te arropamos
y te queremos.
Sois nuestros hermanos
y habitais nuestro corazón.
sábado, 15 de marzo de 2014
GRILLOS
El año de colegio se fué y después de la noche de fin de año cortita y calurosa llena de estrellas volvemos a la casita que papá alquila al señor Irazábal, el agrimensor.
Los barrancos forman una muralla enorme que oculta el tesoro más grande que hay: el mar más ó menos azul con sus olas imponentes chocando en la orilla…
Queremos llegar enseguida pero está lejos.
En la caminata por las calles de arena tropezando con las ojotas enganchadas a los pies pálidos y desnudos, dejamos que el viento juegue con las hojas de los árboles y esquivamos las piñas que se tiran de cabeza, el aire trae jazmines del Uruguay, sentimos el cuerpo calentito con el sol, nos reimos, nos sentimos libres y salvajes…
Nos encanta encontrar bajando el camino a la derecha a los viejitos polacos que guían nuestros pasos con olor a manzanas asadas que nos esperan cada verano.
Corremos cuesta abajo, hasta que vemos la casita pobre y prolija, protagonistas de una obra que representamos cada temporada entre hortensias lilas, claveles del aire blancos y rosados, hibiscos, uñas de gato trepadoras con flores amarillas, zorzales colorados, mburucuyás, ñandubay, espinillos, lapachos y mariposas que revolotean.
Sus dueños nos cuentan historias de viajes, de gente que vive donde las montañas son grandes, enormes, donde nieva y el horizonte está más cerquita.
En el campo de al lado hay muchos choclos grandes y ricos.
Nos metemos entre los yuyos a robar unos pocos y las hojas llenas de espinitas de la castilleja nos deja marcas rosadas muy finas en piernas y brazos que pican un montón.
Chicharras y grillos gritan aumentando la pesadez del calor del maizal que aprieta tanto que queremos salir nada más entrar, teniendo que andar con cuidado levantando mucho los pies hasta llegar a las mazorcas, vestidas con una barbilla marrón-dorada y un estuche verde.
Luego, rojos y sudados nos comemos con ansia los deliciosos y dorados choclos asados a la brasa por mamá con un poquito de sal y manteca.
En las noches en que no hay luna unas luces ordenaditas como cuadrados muy distintas a las estrellas muestran el lugar de una cárcel en el medio de la nada que se llama libertad.
Y cuando la luz blanca de la luna lo ilumina todo sentimos paz y es distinto que en el pueblo, muy distinto.
El mar nos encanta. A los tres.
Pasamos muchas horas en el agua hasta que la piel de las manos y los pies se nos queda arrugadita y parece que las uñas se van a salir en un golpe de ola.
Recuerdo una tarde de no sé que año, yo estaba en 2º. ó 3º de escuela, mis hermanos eran más chicos.
Nunca la olvidé. Nunca.
La mañana hizo sol con algunas nubes, claro, típico del paisito.
Estábamos en el mar, que nos atraía con fuerza.
El cielo se fué cubriendo de nubes negras pero nosotros seguimos nadando, haciendo piruetas, la plancha, escondiéndonos debajo del agua...
Tiritábamos, los dientes chocaban unos con otros de frío.
La luz cambió y nosotros seguimos jugando.
Las nubes se arremolinaron dejando un hueco junto al mar que nos recordaba que aún era de día
Empezaron a caer goterones muy gruesos que se confundieron con el mar.
Mamá hacía gestos exagerados, como cuando quiere que salgamos rápido pero sus palabras nos llegaban cortadas por el viento, no se qué de tormenta, lluvia, decía...
Salimos y nos envolvió en toallas uno a uno.
Los barrancos eran montañas enormes, el viento sacudía nuestros cuerpecitos flacuchos con las manos cargadas con cubos y palas y agrarrando a duras penas las toallas.
Soplaba cada vez más fuerte haciendo de cada paso un esfuerzo increíble; la arena blanca y finita subía y nos envolvía, se nos metía en los ojos, entre los dedos de los pies.
Cuando por fin vimos la casita parecía alejarse más y más, chiquita la veíamos a los lejos, no llegábamos nunca.
El frío formaba parte de nosotros.
Las piedritas del camino giraban hacia arriba con el viento y nos golpeaban.
Los relámpagos iluminaban el cielo ya oscuro. Después oímos brooom ¡!! rayos y luego truenos que eran como calles del mapa de un mundo que existía del otro lado de la tormenta.
Los árboles se tambaleaban, caminabamos asustados temblando, enredados en las toallas como fantasmas y caían justo después con mucho mucho ruido.
El aire giraba avanzando como un trompo gigante cada vez mas cerca.
Cuando por fin llegamos a la casa-iglú de chapa de zinc de un solo ambiente iluminado con velas, nos resultó el sitio más seguro, caliente y maravilloso del mundo.
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